Corromperme a mí misma antes de que el mundo lo haga, Las Margaritas de Vera Chytilová.



Desempolvando mi pequeño rincón para traer de vuelta el absentismo del mundo.

Lo más poderoso que puede hacer una mujer es incomodar. Con esta premisa, la cineasta checa Vera Chytilová entrega la incomodidad masculina al deleite del espectador. Para ello, nos lleva de la mano de dos amigas que deciden destruirse de la misma forma en la que un pintor destruye la pureza del lienzo en el momento en el que comienza a pintar. El nihilismo que descarga esta película, el feísmo disfrazado de desfachatez, la elegante rebeldía con la que las protagonistas destrozan la imagen que se requería de su género me vuelve a recordar la belleza que destila la subversión.

Una obra anarquista y rupturista, que rompe con la narrativa clásica del cine en unos años donde la Nouvelle Vague invadía Europa. El montaje es gamberro, experimental, fragmentario que casi funciona como un collage. Esta ruptura participa también en la idea principal de la película de descomponer y exterminar las exigencias de la mujer en una Europa que todavía sigue sufriendo las consecuencias bélicas. Vera Chytilová alzaba la voz para usarla de fusil para destruir el muro de restricciones que vivían los cineastas en la Checoslovaquia de la época.

En esta obra vemos el viaje por el que pasan las dos protagonistas de esta película: una especie de camino del anti-héroe donde el fin es la propia destrucción buscada y ansiada. Por el camino van tratando con diferentes hombres, muchos de ellos obscenos, descarados y, muchos ellos, con una edad bastante más avanzada que las protagonistas, sin embargo, lo que al espectador le parece obsceno, irreverente y cruel es el comportamiento con el que ellas se disocian de ese mundo corrupto. Mundo donde la mujer es simplemente un objeto despersonalizado para el consumo masculino. La directora pone al público en un papel comprometido, donde, de alguna forma, es capaz de sentir algún tipo de empatía con esos hombres mostrados en pantalla. Por primera vez en el cine, la figura del hombre es plasmada de forma ingenua, manipulable, simplona y degradante. Justo de la misma manera en la que históricamente se ha plasmado la figura de la mujer con el peso de la mirada masculina a sus espaldas. El cine, poco a poco, se va convirtiendo en un espacio seguro para que las mujeres puedan plasmar sus deseos, su fuerza y sus anhelos. Las mujeres atraviesan el muro del cine con la fuerza de mil caballos.

Es una obra con tintes evidentemente dadaístas y surrealistas, donde encontramos escenas inconexas, planos incoherentes y escenas oníricas que nos hace dudar si estamos viviendo el más hermoso de los sueños o una extraña pesadilla de colores pasteles y psicodelia. Las dos protagonistas con un acentuado comportamiento infantil se dedican a poner en evidencia y a desentrañar las oscuridades y contradicciones de la burguesía y la clase alta, especialmente de los hombres poderosos. Los ridiculiza aludiendo a sus modales y a la fascinación que suelen mostrar por las mujeres aniñadas, infantiles o incluso niñas. Debido a esta fuerte denuncia, la película fue censurada y el trabajo de la directora sufrió las consecuencias, quedando también en evidencia que no existe forma en la que una mujer pueda protestar sin ser opacada por un grupo de hombres trajeados, como mismamente se muestra en el filme. Esta obra es resistencia, una llamada a la acción y a la posibilidad de ser de una mujer.

Sin embargo, todo esto sirvió para que mujeres de todo el mundo y cineastas de renombre se observaran a sí mismas en estos fotogramas y abrazaran la subversión femenina como una experiencia universal para cualquier niña que tropezara con la mirada masculina en cualquiera de sus juegos infantiles. Más de medio siglo después, seguimos necesitando el cine y seguimos necesitando a Las Margaritas, una película que mediante lo absurdo, nos recuerda el arte de la protesta. En resumen, a través de este filme la mujer se reconcilia con el cine, lo abraza y lo arroja a cada mirada de indiscreción que ahoga el deseo de libertad más profundo que alberga un corazón femenino.




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