"Decía Miguel Hernández que la mano es la herramienta del alma. Alma y fe."
En esta película convergen dos tramas perfectamente diferenciadas y conectadas por la figura de Manolo, un anciano que cuenta la historia de su niñez cuando todavía no se le han escapado los recuerdos. La primera de las tramas trata la Semana Santa yendo directamente al detalle poniendo el foco en las artesanas que durante todo el año miman esta tradición haciéndola cada vez más y más nuestra. La siguiente historia que narra es la de Manolo que, envuelto por la necesidad artística, un día va a buscar a Paco Ariza, un anciano pintor del pueblo. Es aquí cuando estrechan lazos y sus vidas se unen, creando una simbiosis perfecta donde el niño se llena de arte y el anciano se llena de vida. Nos encontramos entonces ante un Cinema Paradiso andaluz, donde la primera y la última de las etapas de la vida se unen y conversan sobre lo que realmente une al ser humano: el arte, la belleza, la vida y la muerte. Es necesario mencionar la visible química entre los dos personajes, de forma en la que ninguno de los dos parece estar actuando. Trabajar con niños de alguna forma es sacrificar la seguridad o la seriedad de ajustarse al guion por la ternura y la sensibilidad que puede agregar tanto a la cinta como a la propia sala de cine.
Es precisamente el niño y su crisis de fe (además de las respuestas del sacerdote que no parecen convencerle), lo que nos hace pensar en un tema que me causa una gran fascinación y es el extraño paganismo que rodea a la religiosidad española, especialmente a la andaluza. El catolicismo es algo que históricamente está tan arraigado a nuestra cultura que separarse de él es un acto casi imposible. Es muy común la figura de la señora que lleva sin ir a misa desde hace 20 años pero que lleva una estampita de Fray Leopoldo en su cartera y que cuando ve pasar por su calle a la Virgen de las Penas se santigua. Manolo lleva arrastrando una crisis de fe que para nada interrumpe su fascinación por la Semana Santa, por su abuela haciendo pestiños, por los costaleros que levantan al Cristo, por las señoras que remiendan las túnicas de los nazarenos o por la mujer que, desde un tercer piso, nos regala su voz con una saeta. La Semana Santa es algo puramente cultural que, de alguna forma, se ha desvirtuado de la fe. Es algo tan nuestro que ni siquiera la fe puede separarnos de habernos criado en esa parte del mundo donde, una vez al año, se paran las calles para pasear unas esculturas de 300 años que nos hacen acongojarnos y vibrar de pasión, de muerte y de amor. Jesucristo y la Virgen han pasado a ser un símbolo de aquello en lo que la sociedad falla, poniéndonos un espejo para que viéndonos a nosotros mismos agachemos la cabeza y nos quedemos en silencio. Al fin y al cabo a Cristo lo matamos todos.
El blanco y negro se mantiene toda la película hasta llegar a los planos de Paco Ariza pintando, donde un rojo saturado macha los planos hasta acabar coloreando la escena al completo. El mismo rojo que derrama el rostro de Jesucristo en esos pasos que se pasean año tras año por el pueblo de Baena. De alguna forma, dotar de color a las escenas en las que el pintor realizaba su arte era cargar de importancia y significación a la obra del artista, haciéndole un homenaje que quedará de forma inmortal en esta película. Por otro lado, el filtro en blanco y negro que se mantienen durante todas las escenas de la Semana Santa, dota de barroquismo a esos planos jugando con las sombras creando un claroscuro que nos puede recordar a esas esculturas de Zurbarán.
Los restos del pasar es una oda al cine y al montaje, donde el silencio tiene una importancia que va más allá de los versos. No se abusa de una voz en off del narrador, se utilizan unas palabras escogidas minuciosamente para evocar a la ambiciosa nostalgia. No se necesitan muchas palabras para narrar esta historia, ya que el propio aire que respira el pueblo habla por sí solo. Ese mismo aire que huele a incienso y olivos, ese mismo aire que huele a Andalucía. Las marchas y las saetas le ponen sintonía a una película que ha querido hacer de la identidad su estandarte y de una forma espectacular abraza al espectador y le traslada a una primavera andaluza.
Por otro lado, la temporalidad en esta película es confusa, ya que en un primer momento podríamos pensar que la acción se sitúa a principios de los años sesenta, pero a lo largo de la obra encontramos ciertos anacronismos que la cargan de una atemporalidad que nos permite acercarnos con una mirada diferente. Podría pasar en los 60, sí; pero también en los años 90 o, incluso, en 2024.
Así pues nos encontramos con una película única, que hace del folclore y de la sensibilidad su bandera. Una película íntima, contemplativa, de la que no podrás apartar la mirada y que de principio a fin te envuelve como si estuvieras en casa de tu abuela comiendo castañas con las piernas metida en el brasero. Cada toma, cada foto merece completamente la pena haciendo que por poco por más de una hora vuelvas de nuevo a casa.
Actualmente los directores se encuentran dando coloquios y recogiendo premios a lo largo de todo el territorio español, si de alguna forma os interesa si van a proyectar la película en vuestra ciudad, mirad en la página web de Mubox. Un saludo y nos vemos entre bordados y faldones.


Completito, si señor!!
ResponderEliminarMuy buena reseña.
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